Nocturno en La Habana

Sucedió en La Habana, una noche de agosto de 1996, luego de haber cenado en La Divina Pastora, un restaurante de categoría situado en una antigua batería de artillería colonial, en una especie de mirador abierto entre el castillo del Morro y la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, frente a las luces de la bahía habanera. Fue una cena tan exclusiva, que en toda la terraza no había más clientes esa noche.

No recuerdo que cené pero sí que los camareros, atentos y cordiales, me invitaron a un ron muy viejo, y que cuando estaba pagando la cuenta un camarero mariquita se acercó y me entregó su dirección escrita a lápiz en un trozo de papel, pidiéndome que le enviara un casette de “su amadísima” Rocío Jurado. O quizá era Isabel Pantoja, ahora no recuerdo bien. El caso es que me sorprendió tanto la pasión con la que aquél hombre se refería a la folklórica española, que acepté enviarle el casette que me pedía (lo cual hice al poco de regresar a Barcelona. No mucho después de aquél envío -que conociendo como las gastan los empleados de Correos de Cuba, creí que nunca llegaría a manos del destinatario- recibí una breve y emocionada carta del lejano admirador de la gloria canora andaluza, en la que me daba cuenta de que había llegado a su poder el ansiado casette).

Regresé al hotel Plaza en taxi, que tomé en la parada del restaurante, en la soledad de la colina donde se ubica éste. Una vez más el taxi era el que me seguía por toda la ciudad, un taxi turístico oficial confortable y con aire acondicionado, conducido por un tipo que trataba de tú a los policías de paisano y daba órdenes a los de uniforme, y al que siempre me encontraba en la parada del hotel o a la salida de cualquier local adonde yo hubiera ido andando cuando rehusaba sus servicios. El chófer era un cubano gordote, expansivo y simpático, con un humor muy caribeño. Se desvivía por mi bienestar con el mismo celo con el que me habría metido un balazo en la cabeza si un superior se lo hubiera ordenado.

Así que circulábamos rumbo al hotel Plaza con cierta velocidad (“el carro” era bueno y relativamente moderno), atravesando la noche habanera, calurosa y húmeda, cerca del mar. De repente el chófer puso la radio, movió el dial y apareció la voz de Frank Sinatra cantando “Extraños en la noche” en una emisora de Miami. En ese instante tuve la certeza de que aquél era uno de los cuatro o cinco momentos cumbre de mi vida. Respiré una bocanada de aire marino (a pesar del aire acondicionado, llevaba la ventanilla medio bajada), y dije en voz alta:

Nunca pensé que un día oiría cantar a Frank Sinatra en La Habana.

El chófer volvió la cabeza sorprendido, me echó una ojeada que me radiografió los intersticios del alma y finalmente estalló en una carcajada cordial, todo en una fracción de segundo.

Ninguno de los dos volvió a abrir la boca hasta que nos deseamos buenas noches cuando me apeé del taxi en la puerta del Plaza.

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